Hace un tiempo escribí en otra plataforma sobre la importancia de generar misterio y preguntas sin resolver como mecanismo de storytelling.
En esa oportunidad tomé como ejemplo la serie de Apple TV, Severance, que, como otra serie que se encargó de generar durante sus años de desarrollo más y más preguntas y misterios sin resolver —estoy hablando de Lost, claro—, temo que pueda caer víctima de una paradoja que creo irresoluble.
¿En qué consiste esta paradoja? Es simple: una buena narrativa de misterio vale por lo que valen, precisamente, las preguntas sin respuesta que plantea. Ahora bien, cuando dicha narrativa se acerca al final y tiene que cerrarse, tiene dos posibilidades: dar respuesta directa a las preguntas que planteó o por el contrario, dejarlas abiertas y ambiguas.
Ambos escenarios son, a mi entender, poco satisfactorios.

Pensemos en la primera opción: el misterio se resuelve y obtenemos respuestas. Eso puede funcionar más o menos bien en una novela policial o de misterio porque en sí misma tiene una extensión limitada y como lectores nos adentramos en ella sabiendo que en la última página o capítulo obtendremos las respuestas a quién, cómo o por qué cometió el crimen. Si tuviéramos en cambio una novela policial donde las preguntas que motivan la narrativa no obtuvieran respuesta, como lectores nos sentiríamos, con justa razón, estafados.
Pero hay otro tipo de narrativas, incluso pueden estas mismas ser también policiales, en las que el misterio se va expandiendo, se van abriendo nuevas preguntas al misterio inicial o el mismo se va convirtiendo en más y más retorcido. Esto resulta espectacular como mecanismo para obtener la atención del lector/espectador, pero implica precisamente que al momento de cerrarse, la explicación oficial siempre resulta decepcionante.
Esto último sucede mucho más en narrativas seriales, por eso el ejemplo de Severance y Lost son pertinentes y no tanto una novela de misterio que sabemos que empieza y termina en determinado momento y que por su propia finitud no puede seguir generando nuevas preguntas sobre las preguntas ya abiertas.
Desde luego, series como Severance y Lost también son finitas, pero el hecho de que se extiendan en el tiempo entre temporadas y que su éxito pueda también extenderles su vida en la forma de más y más temporadas o incluso spin-offs, implica un mayor tiempo transcurrido sin que el espectador obtenga esas respuestas. El lector de un libro puede sentarse y leerlo entero en una o dos sesiones o las que desee, pero acortando el tiempo entre la pregunta y la respuesta de modo tal que no se haga lugar a la generación de tantas posibles respuestas por su parte.
En la medida que el misterio se va expandiendo, y más si es parte de un serial que requiere profundizar más y más en el mecanismo para mantener la atención del público cautivo, los lectores o espectadores comienzan a pensar en sus propias respuestas al misterio o misterios. Y cuando la narrativa finalmente determina la respuesta canónica a dicho misterio o misterios, es imposible no sentirse decepcionado. La imaginación y las teorías de los receptores siempre serán más variadas que la única respuesta oficial que puede ofrecer una narrativa.

Una novela policial argentina ha estado ganando últimamente mucha atención, creo yo merecida. Está planteada inteligentemente, casi todo lo que narra está perfectamente calibrado y aporta al orden final de la narrativa, pero más que nada, reconoce tácitamente la trampa de las narrativas de misterio y la sortea con muchísima habilidad al reconocerla como una limitación.
La novela de la que hablo es El gesto final de Agustín de Luca. Su trama es la de un juez encargado de juzgar el caso de un hombre que un día empuja a una desconocida a las vías del subterráneo (metro) y la mata. El acto aparentemente no habría tenido ninguna motivación. La pregunta, el misterio de la novela es: ¿por qué lo hizo? ¿por qué alguien empujaría a una total desconocida a las vías del tren? Está claro que como premisa es sumamente intrigante y creo que es uno de los motivos que ha hecho que tanto se hable últimamente de la novela.
A continuación voy a desarrollar partes de la trama de El gesto final por lo que si todavía no la has leído, te recomiendo que te abstengas de seguir leyendo este post hasta haberlo hecho si es que te preocupan los spoilers.
El juez y protagonista de El gesto final no debe investigar el caso, sólo debe escuchar los argumentos en el juicio y dictar condena. Pero, como un lector voraz (en este caso el personaje es un cinéfilo) no puede evitar investigar ilegalmente por su cuenta hasta llegar a arruinar su propia carrera por interferir en el caso que debe juzgar.
Así es como el juez descubre que, como era de esperarse, el asesino y la víctima sí se conocían y que de hecho, la mujer había abusado sexualmente del asesino y su hermano cuando estos eran niños, lo que había terminado de aportar al suicidio de la madre de ambos que había caído en el alcoholismo luego de que su marido la abandonara. Es decir, el asesino había encontrado a una persona que había desaparecido de su vida luego de haber sido responsable en buena medida de arruinarle la vida a él y su hermano unos veinte años atrás y eso lo motivó a matarla.
Como se ve, esta respuesta al misterio es satisfactoria pero a la vez cierra el universo de posibilidades que se había abierto con la premisa: “un hombre arroja a las vías de un tren a una desconocida.”
De Luca parece reconocer esta falencia de origen del género y se guarda dos misterios: el primero es qué le había dicho la mujer que había abusado de los niños a su madre el día en que esta misma se suicidó y el segundo, el del título de la novela: el gesto final. Luego de reconocer a su futuro asesino en la estación de subterráneo y pocos segundos antes de ser arrojada a las vías, la mujer había sonreído a su victimario. ¿Por qué sonrió? Eso nadie en la novela lo sabe y queda como un misterio abierto para que la imaginación del lector se encargue de llenar y así aplacar un poco la falla de origen del género del misterio.
Estos pequeños misterios que quedan abiertos son una muestra de la inteligencia con la que el autor desarrolló la trama de la novela: son a la vez casi insignificantes como para no decepcionar a los lectores sin una respuesta conclusiva acerca del misterio principal, y a la vez, al quedar abiertos y sin resolver, atienden la necesidad del lector de quedarse rumiando sus propias teorías.
Más interesante aun, el narrador reconoce en un pasaje de reflexión casi metacrítica el problema del misterio como herramienta narrativa. Durante la última parte del libro, reflexiona:
“Ahora que puedo pensar todo a la distancia me cuesta entender cómo pude sacrificar tantas cosas al altar de la curiosidad. Creo que la intriga, a fin de cuentas, como cualquier generador de dopamina, es capaz de crear adicción. Hay gente que puede vivir con eso, disfrutar leyendo cuanta novela policial se le cruce por el camino y, en cualquier otro aspecto, ser un ser humano fuincional. Pero hay otra categoría de seres humanos, el a que, sin dudas, estoy incluido, que se puede alimentar de ficción solo hasta cierto punto. Que de tanto cultivar el gusto por la intriga, por el caso no resuelto, termina generando resistencia a los estímulos habituales y necesita salir a buscar experiencias más extremas. Al fin de cuentas, lo único que me diferenciaba de la gente que construía teorías conspiranoicas sobre el caso en internet era que yo tenía a mano los medios para investigar.”
Agustín de Luca, El gesto final, ebook Kobo, Cuarta parte, El castigo 32 of 71; 497 of 543.
El narrador pierde su carrera al caer en la adicción a resolver el misterio. Del mismo modo, el espectador o lector de un misterio corre el riesgo de perder el interés o, peor, recordar una narrativa que lo apasionó durante mucho tiempo con un gusto amargo cuando esta concluye, como sucedió con la serie Lost y su final que tanta decepción ocasionó.
Los misterios, entonces, a veces es mejor dejarlos abiertos y sin conclusión. Pero eso requiere otro tipo de talento, del que no voy a extenderme aquí. O, al menos, reconocer que el género está envenenado de origen y encontrar la forma de darle una interesante vuelta de tuerca, como es el caso de El gesto final de Agustín de Luca.
