Cosas que leí: Podría quedarme acá de Oriana Sabatini

A mediados de 2005, cerca de cumplir 22 años, tuve una serie de desilusiones amorosas. Unos meses más tarde, en el verano de 2006, leí Menos que cero de Bret Easton Ellis en un viaje a Pinamar. La conjunción de ambas cuestiones me llevó a escribir la que fue mi primera novela. Había encontrado en la ópera prima de Easton Ellis un estilo y una forma que me permitieron escribir mi propia historia de desilusión y desencanto. Sentía en ese momento que la descripción de aquella época desconcertante de mi juventud se adaptaba perfectamente a la primera persona, al tiempo presente, al “reviente” (más módico en mi caso) y a las oraciones cortas y filosas de Menos que cero. Llegué a tal extremo de adoración por ese texto que hasta me propuse que mi novela tuviera la misma cantidad de palabras que la del escritor angelino, como si eso me pudiera dar un marco de referencia acerca de cuán extensa debía ser una narrativa para poder llevar el nombre de “novela.” Ese texto que escribí y, por suerte, nunca publiqué llevó varios títulos, pero quedó finalmente como Acabar afuera, que, a mi entender, era perfecto: provocador y, al mismo tiempo, real, puesto que yo había “acabado afuera de una relación”, había sido expulsado de la misma (y de otra anterior también, pero no viene al caso).

Portada de la novela Menos que cero de Bret Easton Ellis

La primera novela de Oriana Sabatini emplea el mismo set de trucos que yo utilicé hace veinte años: primera persona, tiempo presente, oraciones cortas y filosas, provocación módica. Una jovencita con futuro de estrella pop, viviendo en los Estados Unidos, decide dejarlo todo, volver a Buenos Aires y conseguir un trabajo como asistente de preparación de cadáveres en una funeraria. El relato pasa de un realismo a momentos necropornográfico a una historia surrealista de fantasmas que involucra un amor del pasado, muerto y resucitado.

Al combo, se le agrega un poco de nepotismo culposo: las referencias a “mamá” y “papá” son abundantes para la protagonista llamada “Ariana” (el desplazamiento de significantes haría las delicias de cualquier lacaniano: la madre en la ficción transforma a Catherine Fulop en simplemente “Cecilia” y el padre Osvaldo “Ova” Sabatini se transforma en Aníbal, mismo desplazamiento de vocal inicial de O a A que hay en Oriana a Ariana; por lo demás, un name dropping por ahí refiere a “Oma” como una abuela; no hay ninguna referencia a la tía tenista famosa, sin embargo) y llegando al tercer acto de la novela un largo capítulo se encarga de ajustar cuentas con la  madre que, durante la infancia de la protagonista, dejó de darle la teta para operárselas y cuya obsesión con el cuerpo dañó a la narradora. Claramente, ahí también hay una línea de lectura que una la obsesión con un cuerpo perfecto, un cuerpo que pueda venderse en Cecilia/Catherine, con la vulgar y melancólica materialidad de arreglar cuerpos muertos para que parezcan “dormidos” durante su última despedida, en el velatorio.

El modo en que la narradora describe el tratamiento de los cadáveres para reconvertirlos en maniquíes discretos es, entonces, claramente una referencia no muy sutil a los modos en que el cuerpo se convierte en mercancía, aun cuando ya ni siquiera podemos tener autonomía sobre él. En un momento, Ariana reflexiona: el trabajo funerario de adecentar cuerpos para su exhibición es “un servicio” más. Sí, al igual que arreglar el propio cuerpo, ponerle prótesis de silicona, someterlo a dietas y ejercicio, también es un servicio que se ofrece en el mercado del capital erótico.

Sorpresivamente, al menos para mí que no tenía conocimiento en absoluto acerca de la autora más allá de saberla “hija y sobrina de”, en la página biográfica además de sus dotes como cantante, actriz, esposa de un futbolista, madre de hijos de dos y cuatro patas, se señala que “Estudió y se recibió como profesional en tanatopraxia: en su tiempo libre, cuando no está leyendo o pasando tiempo con sus perros, prepara cuerpos para los velatorios.”

Oriana Sabatini: modelo, actriz, escritora y profesional de tanatopráctica

Curiosa oración por varios motivos: primero, el obvio y evidente, que es que su tiempo libre lo dedica a sus perros o a la lectura, con lo que puede suponerse que su vida familiar, incluida su hija de dos patas, sería para la autora una obligación. Pero me resultó todavía más curioso que encontrara la preparación de cuerpos para velatorios como un hobby equiparable a la lectura, al tiempo con sus perros o a cualquier otro pasatiempo imaginable: hiking, restauración de muebles, infinitas posibilidades, y ella encuentra en trabajar cadáveres su forma de descanso y desconexión. Curioso, cuando menos, pero a cada uno el hobby que más le guste.

Más allá del morbo que sobrevuela la novela con sus descripciones detalladas de lo que implica el modo de pasar el tiempo de la autora y la descripción deprimente de cómo funciona una funeraria tipo, más allá del ajuste de cuentas culposo con sus padres, a quienes también dedica la novela, y del surrealismo fantasmagórico, la mayoría de los personajes de la novela parecen place holders sin profundidad e intercambiables. Los nombres de los amigos de Ariana son eso: nombres que podrían ser cualquier otro. Son personajes sin conflicto y que no interesan más que como modo de enmarcar a la protagonista en el contexto de ser una joven medio reventada, medio puritana.

La protagonista en sí misma parece construir un conflicto en su crisis vocacional y su sentirse perdida en la vida al punto de abandonar una promisoria, y suponemos lucrativa, carrera musical a cambio de ser ayudante de preparación de cadáveres en una funeraria manejada por un tipo vulgar y sin ningún tipo de glamour.

Incluso, en algún momento, la protagonista menciona que el dinero que cobra por aquel trabajo es escaso; sin dudas, lo es en comparación con la oportunidad de estrellato pop que decide dejar ir.

Pero si este conflicto podría pensarse no del todo interesante (después de todo, ¿qué lector podría sentir empatía por una protagonista que decide dejar su vida de privilegios para asumir vocacionalmente una vida proletaria y un trabajo que no mucha gente estaría dispuesta a realizar?), el que le sigue, el reencuentro con el fantasma del novio muerto, tampoco resulta interesante en sí mismo y no plantea tensiones narrativas interesantes.

En conclusión, pese a la ventaja de aprovecharse de un estilo de prosa filosa que ya fue explotado hasta el cansancio por el brat pack de los 80s, y de la curiosidad mórbida que puede despertar las detalladas descripciones tanatoprácticas, la novela termina volviéndose pedregosa en su crónica de jóvenes con plata y su reviente; relaciones sexuales casuales e insatisfactorias (con una mojigatería notable al poner en boca de su narradora reventada la nominación anatómica “pene” en lugar de cualquiera de sus más vulgares, y suponemos apropiados para escenas sexuales de jóvenes reventados sinónimos, y aquel fantasma de un viejo amor que reaparece para demostrar que hay algo más allá de la materialidad de los cuerpos: la fuerza del amor.