Cosas que vi: Glaxo (dirigida por Benjamín Naishtat, 2026)

Ver el estreno (en realidad, la segunda función) de una película muy argentina, rodeado de espectadores en su gran mayoría canadienses y estadounidenses, es una experiencia que, como mínimo,  definiría como “antropológicamente curiosa”.

La experiencia la tuve anoche, en la segunda proyección (la primera fue de gala, el viernes 11 de septiembre) de Glaxo, la nueva película de Benjamín Naishtat, quien ya había co-dirigido otra película fundamentalmente argentina y porteña, Puan.

Glaxo, basada en una novela corta de Hernán Ronsino publicada originalmente hace casi quince años, es entonces una película fundamentalmente argentina y, a pesar de su evidente proyección internacional, dado que se estrenó en el Toronto International Film Festival (TIFF), no hace concesiones didácticas a su público no-argentino.

La narrativa transcurre en tres líneas temporales: 1956, a un año de la Revolución Libertadora, la única concesión que se le da al espectador en forma de una breve anotación al comienzo; 1957; y, luego, unos casi treinta años más tarde, en 1984.

A lo largo del relato, las líneas temporales irán y vendrán, lo que contribuye a la confusión del público no informado: una parte fundamental de la trama serán los fusilamientos ilegales en el basurero de José León Suárez de civiles que estaban con la rebelión del general Valle, hecho que todo argentino medianamente informado conoce, ya sea por haber vivido en aquella época o por haber leído Operación masacre de Rodolfo Walsh. Y en el caso de no conocer los detalles, cualquier argentino medio puede deducir el resultado del fusilamiento en la medida en que se va preparando el momento. Hay, aun así, una oportunidad desperdiciada al no mostrar explícitamente el momento en el que los gatillos se jalaron y la masacre se consumó, lo que hubiera podido terminar de generar un círculo simbólico cerrado con una escena casi del final de la película.

Entonces, el modo en que ese evento es tratado en la trama, construyendo un suspenso que, para el espectador informado, no aporta nada y al desinformado sólo le genera confusión, es una oportunidad perdida de delinear claramente, desde el comienzo, el sustrato moral del “villano” de pueblo chico que arruina la vida de un grupo de cuatro amigos jóvenes de Chivilcoy durante aquel 1957.

La película trata de este villano, un ficcional ex policía bonaerense (interpretado por Marcelo Subiotto) a cargo de los fusilamientos y llamado Ramón Folcada (vease cómo el nombre remite a otro policía argentino, represor y asesino famoso: Ramón Falcón) que en su retiro, y como premio por haber conducido los fusilamientos ilegales, se va a administrar un campo a Chivilcoy junto a su esposa, una femme-fatale casi cuarenta años menor que él, posiblemente ex prostituta, la Negra Miranda (interpretada por Lali Espósito correctamente pese a que, como a otros personajes, la trama no le permite desarrollarse en profundidad; arriesgado por su status y rol de figura pop resulta que la actriz y cantante aparezca por unos segundos en un topless de primer plano, aunque tan breve el instante que como dirían los gringos: pestañeá y te lo perdés).

La mujer traerá caos a un grupo de cuatro amigos del pueblo, que apenas bordean la post-adolescencia y como tales, están sumidos en pequeños conflictos de celos, angustia por el futuro y competencia por las mujeres del lugar: Miguelito (quien junto con Folcada se lleva la mayor parte del desarrollo de personaje), Bicho, Lucio y Flaco.

El director Benjamín Naishtat y el actor Esteban Bigliardi responden preguntas al finalizar la proyección
El director Benjamín Naishtat y uno de los actores, Esteban Bigliardi, responden preguntas al finalizar la proyección.

Construida de a ratos como un misterio policíaco en las preguntas acerca de qué fue lo que sucedió que rompió la amistad de esos cuatro chicos y de dónde volvió Flaco luego de tanto tiempo al pueblo, la película tiene sus momentos de coming of age, despertar sexual, traición, muerte y hasta karma, en gran medida desencadenados por la femme fatale.

La fábrica química Glaxo, que da título a la película, juega un rol secundario pero esencial en la trama y, en ese sentido, resulta interesante lo que logra el director al prácticamente dejarla de costado y, al mismo tiempo, hacerla una pieza ineludible en su relato.

Como indicaba al comienzo, la experiencia de ver una película tan argentina en su ambientación, su vestuario, sus referencias e incluso su identidad en un contexto internacional le agregó interés a la experiencia. Por caso, la repetición del apodo “Negra” para el personaje de Espósito me hizo plantearme qué estaría pensando ese público espectador anglo de festival de cine bienpensante y cómo estaría confirmando sus prejuicios acerca de la ausencia absoluta de personas de color entre los personajes de la película.

En el mismo sentido, la película parece insistir hasta casi de forma desafiante con esta construcción al mencionar brevemente el linaje familiar de Miguelito como “venido del norte de Italia”, una observación superflua que, al igual de los chistes tan típicos del machismo argentino acerca de homosexualidad, colimba y homosexualidad, cárcel y homosexualidad pero también violencia Católica Apostólica Romana típica de la identidad católica-nacionalista y militar de Argentina parecen puestos ahí a la vez como marcas identitarias y como desafíos al público al que objetivamente tiene que intentar seducir si pretende mínimamente recuperar sus costos de producción.

En ese sentido, me resultó loable la impertinencia y la integridad artística del director que priorizó construir un retrato no rebajado de nuestra identidad, sin importarle cómo pudiera ser recibido por un público que, durante los últimos años, ha confundido el pensamiento crítico con modelos para prescribir la censura de todo aquello que no se presente prístino, sin fricciones y edulcorado.

Al finalizar la proyección, el director y uno de los actores respondieron preguntas de los organizadores del festival y del público. Me quedé a escuchar las primeras que recibió el director, a quien uno de los organizadores le hizo la pregunta fácil sobre si había aprendido algo durante la producción. Naishtat respondió que sí, pero que había aprendido más sobre el presente que sobre el pasado. Comparó la Revolución Fusiladora de 1955 con lo que él llamó, sin pelos en la lengua, el fascismo gobernante en la Argentina actual. También remarcó que esa dictadura ha sido prácticamente olvidada en cuanto a su representación en el cine, y por eso le pareció que era una historia importante para contar.

La película comienza en 1984, con dos ya adultos, Miguelito y Bicho, yendo a ver una función de The Terminator de James Cameron. Miguelito no puede comprender la trama y Bicho se la explica: cómo Kyle Reese tuvo que viajar al pasado para proteger la vida de Sarah Connor para que pudiera dar a luz a John, el héroe de la resistencia contra las máquinas en el futuro. Como sabemos, en un loop imposible de cerrar, ese mismo viaje de Reese será fundamental para la posibilidad de la rebelión de las máquinas en las siguientes instancias de la saga. Glaxo, más allá de sus juegos temporales, también plantea la semilla del mal en la dictadura de 1955, aunque se cuida de mencionar directamente la de 1976 (hay una clara referencia oblicua, sin embargo).

Compuesta por pequeños momentos, detalles, cosas que se dicen y se hacen, la película funciona, y esto también lo dijo Naishtat antes de que comenzara la proyección, en capas que exigen volver a verla para poder terminar de comprender cómo cada pieza aporta al producto final. Así lo haré.