La fascinación victoriana con la muerte
De todas las costumbres de la era victoriana, la que siempre me ha fascinado más es la relación de la gente común con la muerte. El contacto casi cotidiano con cuerpos muertos, cadáveres, materia abyecta. Las fotos post-mortem; las máscaras mortuorias; las exhibiciones públicas de ejecuciones y de cadáveres
En un pasaje de su libro Gothic Remains: Corpses, Terror and Anatomical Culture 1764-1897, Laurence Talairach lo explicita en cuanto al rol que esta cercanía jugó en la literatura gótica:
El siglo XX (la reina Victoria murió en 1901 dando fin a la “Era Victoriana”) trajo consigo, entre otras reformas, una modificación de esa relación tan cercana con la muerte. Las ejecuciones públicas comenzaron a desaparecer, las ceremonias mortuorias se fueron modificando para alejarnos de los cadáveres y del trato diario con ellos. Los velorios comenzaron a mudarse de las casas privadas a las salas velatorias, dejamos prácticamente de sacarle fotos a los muertos como si todavía siguieran vivos (y en los contados casos en los que se embalsaman muertos para exhibir, muchas veces en situaciones que los asemejan a situaciones de vida, nos llaman la atención y generan discusiones), las máscaras mortuorias dejaron de producirse, y las exhibiciones de cuerpos se redujeron a velorios rápidos con alguna excepción para figuras públicas.
Es por esto que el cambio de la actitud occidental frente a la muerte permite la aparición de dos obras, una película, The Shrouds (Los sudarios, D. Cronenberg, 2024) y For Human Use (sin traducción, Sarah G. Pierce, 2026) que resultan provocadoramente efectivas en su construcción de un terror relacionado con los cadáveres y la relación con la muerte. Ambas también sirven como una reflexión acerca de los límites entre el mercado y la vida, de los servicios asociados a la industria de la muerte, en una tendencia que me gusta llamar “necromercado” y que no se limita a estas dos únicas obras, y también, claro, de los lugares hasta donde están dispuestas a ir las grandes empresas tecnológicas que se han apoderado de nuestras vidas y que, en estas ficciones, también pretenden extenderse hasta nuestra muerte.
Ambas obras son muy diferentes en cuanto a tono, propuesta y ejecución. La película de Cronenberg es una película de duelo; él mismo lo admitió: surgió ante la muerte de su esposa. La novela de Pierce no sé de dónde provino, pero se puede leer casi como una actualización de una novela de Dave Eggers del 2013, The Circle (escribiendo esto me estoy enterando que esta novela tuvo una continuación en 2021, The Every que me había pasado completamente inadvertida) en cuanto que se presenta como una sátira acerca de estos monopolios tecnológicos que se proponen innovar sin importar las consecuencias sociales, políticas o económicas de lo que hacen. El famoso lema “move fast and break things” (movete rápido y rompé cosas) sin importar qué es lo que se está rompiendo en ese movimiento acelerado, si algún día se podrá construir algo nuevo con las partes de lo que se rompió o qué efecto tendrá en el futuro.
The Shrouds y el duelo infinito
The Shrouds, entonces, es una película sombría, nublada (en el sentido que los escenarios al aire libre parecen casi siempre bajo espesas nubes), dolida y con una premisa tan fascinante como desagradable para nuestras sensibilidades acostumbradas a alejar lo más posible la presencia de la muerte: la trama trata de un empresario tecnológico, Karsh Relikh (Vicent Cassel), que desarrolla unos sudarios con cámaras web que permiten a los deudos el visionado 24×7 de la descomposición de sus seres queridos en su tumba. ¿Por qué alguien querría un producto semejante? La película no busca esa respuesta, aunque propone un apego amoroso, una imposibilidad patológica de duelar.
Karsh, que está caracterizado para parecerse físicamente al propio Cronenberg, es un personaje atravesado por el dolor de la pérdida de su esposa al punto de que no puede dejar de observar su cuerpo en descomposición, pero también busca suplantarla estableciendo una relación amorosa con su hermana melliza. La trama se va complejizando cuando un atentado terrorista ataca el pequeño cementerio que posee y que es de momento el único lugar donde se encuentran las tumbas conectadas a su invento; luego cuando detecta ciertas anomalías en los huesos en descomposición de su esposa muerta y comienza a sospechar de una conspiración médica que la hizo morir; su cuñado que además le provee servicios tecnológicos personales y a su compañía también comienza a entremezclarse en su vida en cuanto que todavía está enamorado de la hermana de la mujer muerta y todo se va sumando en una mezcla que va ganando complejidad en la medida en que va expandiendo sus absurdos, la paranoia, y las relaciones parasociales de Karsh. Esto es importante porque será un punto de contacto con la novela de Pierce: el protagonista no sólo establece una relación enfermiza con los restos de su esposa muerta, sino también con una especie de asistente virtual/IA que asume diferentes formas en dibujo animado de computadora.
For Human Use y la tecnología enamorada de la muerte
La novela de Pierce, por su parte, trata del surgimiento de una empresa de tecnología liderada por un joven y genial “founder”. La premisa de su aplicación es simple: ¿Qué tal si en vez de tener un Tinder o similar para hacer pareja con otros seres humanos vivos, la gente pudiera matchear con cadáveres embalsamados? Una vez que una persona eligiera su cadáver preferido, recibiría en pocos días una caja con el occiso para tenerlo en su casa. Lo interesante de la novela es que, a partir de esta premisa ridícula (al menos para nuestros tiempos, quizás en el siglo XIX no hubiera sido tan disparatada), la narración plantea algunas críticas sociales válidas, algunas más interesantes que otras, algunas más logradas que otras. ¿Cómo reaccionaría la sociedad si de pronto convivir con cadáveres en la cotidianidad estuviera permitido? ¿Habría acaso restaurantes que permitieran a la gente asistir con su cadáver personal? ¿Qué nuevas y emocionantes tendencias en TikTok surgirían involucrando cadáveres? ¿Surgirían categorías estigmatizantes, como la de “necrofobia”, para quienes se opusieran a que la gente pudiera relacionarse con cadáveres?
La narradora no evita derramar algunas críticas irónicas sobre los tiempos de internet donde todo es objeto de discusiones apasionadas, aun las ideas más ridículas o que no merecen discusión alguna. También, como dije, deja caer algunas críticas, a veces sutiles, a veces no tanto, a las tendencias que pretenden totalizar la posibilidad de que cada uno haga absolutamente lo que le venga en gana en nuestra época de hiperindividualismo extremo y narcisista. ¿Hay escasez de cadáveres por motivos políticos? La gente que siente que se merece un cadáver sale a convertir en cadáveres a la gente viva. ¿Qué motivos lógicos, sociales y legales habría para prohibir y estigmatizar la necrofilia si la gente hace lo que quiere con su cuerpo, y los cuerpos muertos, en la privacidad de su casa? De nuevo, la novela tiene sus momentos buenos y no tan buenos. Pero, en definitiva, la sensación que me dio al leerla fue parecida a la de Cadáver exquisito de Agustina Bazterrica: de a momentos fascinante, en otros repugnante y siempre adictiva. Se apaga un poco por culpa de una extensión que podría haber sido más sintética para ser más efectiva, una subtrama amorosa no demasiado interesante y sobretodo, mucha cuestión de manejo de empresas, operadores de bolsa shorteando cadáveres y cosas similares que tienen que ver con un tipo de narrativa que ya parece un poco remañida y desvía la atención de una premisa que, por más tonta que pueda parecer, tenía buen potencial.
Lo que sí une a ambas narrativas es la obsesión contemporánea que hemos establecido por relacionarnos con otras formas de materia muerta. No tenemos una relación directa con los cadáveres como en el siglo XIX, pero sí establecemos relaciones sentimentales, de amistad, de consejería con las IAs. Los cadáveres de For Human Use se nos presentan como accesorios que la gente comienza a incorporar a su vida y, paradójicamente, a humanizar. Se convierten en algo más que objetos: son adictivos y forman parte de la vida cotidiana de quienes los tienen en sus casas. Se plantea el derecho que tienen a existir y no ser enterrados. Esto se parece un poco a las versiones más alarmistas y francamente tontas de considerar a las IAs como sujetos conscientes que también merecen existir. Sin contar los modos en los que mucha gente las utiliza como consejeros, médicos, psicólogos, amigos sin cuerpo físico.
En The Shrouds como señalé, también hay relaciones parasociales con los muertos a los que no se puede soltar y con la IA con la que el protagonista se va viendo enredado.
Retorno a la fascinación tecnológica con la muerte
La tecnología y las empresas tecnológicas son claros objetivos de denuncia en ambas obras; los daños que pueden producir, los trastornos y modificaciones del comportamiento social que pueden llegar a inducir y en eso creo que también hay una reflexión sobre el ascenso de las IA, una tecnología absolutamente predatoria cuya utilidad social al momento ha sido limitada, pero sus daños (ambientales, en la salud mental de miles de personas, en la esquilmada de propiedad intelectual de básicamente todo usuario de internet, escritor y artista del mundo) reales.
Como la IA, las tecnologías en estas obras se van imponiendo de manera descontrolada sobre el cuerpo social, que a veces reacciona con obstrucción y sabotaje. En la realidad, todavía está por verse si esas acciones serán suficientes para al menos acordonar la tecnología y ponerla al servicio del progreso humano.
En The Shrouds y For Human Use, lo que en definitiva resulta más interesante es cómo desafían al espectador/lector a enfrentarse al momento histórico actual, en el que pareciera que hemos llegado a un límite del consumo. Obviamente no me estoy refiriendo a quienes no logran satisfacer sus necesidades básicas, pero para lo que queda de la clase media en el mundo, pareciera que hemos llegado a un punto donde ya se tiene todo lo que en algún momento fue aspiracional (una tele, un auto grande, un lugar donde vivir, un consumo de entretenimiento que ahora es prácticamente infinito: tanto YouTube, los videojuegos, la información, los libros y los reels de Instagram no tienen fin) y si no se tiene (una casa propia, una seguridad material para el futuro) lo que queda para consumir ya parece aburrido. Por eso experimentamos la inyección permanente de nuevos trucos para consumir baratijas (los gacha games), o la expansión de una economía de apuestas descontrolada donde todo puede convertirse en un desafío que nos genere una mínima emoción.
Los cadáveres, la descomposición material de lo que amamos, son un límite tan absurdo e impensable para nuestras ansias de consumo que aún no se ha intentado. Quizás no falte mucho para que a alguien se le ocurra que por qué no, y como en un ir rápido y romper cosas, terminemos rompiendo nuestro presente para volver a la Era Victoriana. Pero ahora con smartphones para documentar todo el proceso y hacer que los números de las empresas tecnológicas que tra.

